septiembre 29, 2016

‘Si ya hemos ensayado la guerra durante 52 años, ¿no será hora de ensayar la paz?’ Humberto de la calle

Cuando el presidente Juan Manuel Santos lo llamó en 2012 para que encabezara las negociaciones con las Farc, Humberto de la Calle estaba dedicado por completo a su firma de abogados en el centro financiero de Bogotá. Pero, a pesar de su ausencia en los últimos años, De la Calle nunca había sido ajeno al escenario político de Colombia: durante los ochenta y los noventa fue magistrado de la Corte Suprema de Justicia, dirigió el organismo electoral nacional, fue ministro de gobierno durante la Asamblea Constituyente y llegó a ser vicepresidente de Ernesto Samper, hasta que renunció por diferencias con el gobierno.


Hoy, cuatro años después de haber aceptado la responsabilidad y el desafío de ser el jefe negociador con las Farc, este abogado y poeta de 70 años reconoce que la experiencia de La Habana fue para él un ejercicio de humildad, que lo ha reencontrado con un conocimiento más integral del país y ha transformado sus puntos de vista.

Tras su llegada de Cuba, ¿cómo describe el ambiente en Colombia?

Hay una confrontación muy dura, una división de la sociedad que no esperábamos. Uno siempre está preparado para que haya quienes digan No, pero me parece que algo que en el pasado fue bastante consensual ha dividido mucho a la sociedad colombiana.

¿Cuáles cree que podrían ser las consecuencias de esta polarización?

El 2 de octubre hay un llamado a la ciudadanía para que escoja un camino u otro. Y si no hay una respuesta muy contundente me parece la polarización se va a prolongar.

En pocas palabras: ¿qué está en juego el 2 de octubre?

Son dos caminos. Yo insisto: no existe la tercera vía del No para que Sí. Yo quisiera menos euforia, quisiera que los colombianos estuvieran preparados porque lo que viene no es fácil, es un desafío. Va a haber reveses. La sociedad va a tener que enfrentar conflictos. La discusión es si lo hacemos de manera autocrática y de un modo razonable, sin armas, sobre la base del diálogo.

"El 2 de octubre hay un llamado a la ciudadanía para que escoja un camino u otro. Y si no hay una respuesta muy contundente me parece la polarización se va a prolongar".

El otro camino es lo que hay, fructífero para algunos, pero que ha ido dejando de lado núcleos de población que no solo están empobrecidos sino que se ha degradado la dignidad de la familia campesina. Lo que hay no creo que resuelva los problemas de fondo de reintegración de la sociedad colombiana.

¿Qué le diría al colombiano que está desencantado, preocupado porque a los guerrilleros les van a dar un salario y no van a ir a la cárcel?

Cada preocupación tiene una respuesta. ¿Por qué darle dinero a un señor guerrillero? Eso da mucha rabia, tienen razón. Y sobre todo a un joven desempleado que lleva un año buscando puesto. Pero si uno no logra que estos señores no solo dejen las armas sino que entren a la economía formal, pues me parece que el proceso es muy frágil. Es una forma de garantizar y solidificar el proceso, a sabiendas de que en el plano moral hay un contraste que enfurece a muchas personas.

¿Y en cuanto a la justicia?

¿Por qué no se pudren en la cárcel los señores? Ese es un problema de principios indiscutible. Uno no puede discutir con los principios del otro. Yo respeto a quien dice: “Treinta años de cárcel para un miembro de las Farc”. Pero lo respeto menos cuando dice: “Ah, no, pero para los que fueron amigos de los paramilitares, no; para los generales que se desviaron, no”. Ahí vuelvo a mi cuento de la violencia buena.

¿La violencia buena?

En el conflicto hubo otros actores, los terceros que apoyaban a paramilitares y también agentes o miembros de la fuerza pública que se desviaban, y allí observo que todavía hay quienes piensan que hubo una violencia buena en respuesta a una violencia mala. No hemos logrado que los colombianos entiendan que la única fuerza legítima es la del Estado. Eso no va a ocurrir con la firma del acuerdo, pero el mayor esfuerzo en Colombia será erradicar cualquier idea de justicia privada.

Como lo dijo hace poco Héctor Abad Faciolince en una columna que convenció hasta a Mario Vargas Llosa, esta es una oportunidad para cambiar el relato de nación. ¿Usted cómo se imagina el nuevo relato de una Colombia en posconflicto?

Ese es un tema crítico porque todo esto va terminar desarrollándose en la mente. La guerra ocurre en el campo y las balas pesan, no quiero minimizar los aspectos militares, pero a mí me parece que es en la cabeza, en el espíritu de todos nosotros, donde está la solución.

¿La paz empieza en la mente de los colombianos?

Es un tema de narrativa: cuando hablamos de una Comisión de la Verdad nos cayeron rayos y centellas porque nos decían que íbamos a fabricar una verdad oficial en La Habana y que era el colmo. Pero ese no es el punto. Yo siempre acudo a la leyenda de los once ciegos hindúes a los que llevaron a ver a un elefante y les preguntaron que qué era un elefante. Uno dijo que era un colmillo de diamante, otro dijo que era una colita que se movía, otro dijo que era una trompa prensil, y todos estaban diciendo la verdad.

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